Las noches sin sueño lo delatan: el peso de un proyecto político que pone en juego su destino y el de sus más leales colaboradores lo mantiene en vigilia. Su constante actividad en Twitter revela esa inquietud: escribe, opina y responde cuando la mayoría duerme, dejando entrever un espíritu que no descansa. Al día siguiente, su semblante a veces fatigado y su mirada desubicada confirman que el insomnio cobra factura. En esos momentos opta por desaparecer, buscar refugio en la distancia, alejarse del asedio de los medios y las exigencias del cargo, para luego volver a enfrentar con renovada entereza la rutina de su alta responsabilidad.
Sin embargo, tras la figura del político se oculta el hombre: uno que conoce la soledad de la cima, consciente de que cada decisión que toma puede marcarlo para siempre. En sus apariciones institucionales, en los canales públicos o en la Radio Nacional, la solemnidad se quiebra: el discurso, a ratos errático, dubitativo e incluso cómico, muestra el costado humano de quien, pese a su poder, no logra escapar del juicio implacable de la opinión pública.
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| Foto:ONU/Logan Abassi |
Opinión
Lo interesante no es solo el poder que Barreto ejerce, sino cómo ha sido naturalizado. Incluso entre quienes lo critican, hay una aceptación implícita: “al menos con él se hacen obras”, “todos los políticos son iguales”. Este consenso no es espontáneo: es ideología pura, como lo explicaría el filósofo Slavoj Žižek.



